Una mañana, la niebla cerró el horizonte y los bancos de Loiba miraban a una pared blanca. Decidimos caminar igual, guiados por el rumor. Cuando la bruma se abrió, el Atlántico apareció como telón que sube en teatro. Volvimos al andén con la certeza de que esperar, a veces, también es caminar. El tren llegó suave, como si aplaudiera la paciencia recién aprendida.
En un vagón casi vacío, un interventor veterano señaló por la ventanilla un apeadero diminuto: allí, dijo, empieza una pista escondida hacia un roble monumental. Bajamos al día siguiente y lo encontramos. No estaba en guías, pero sí en la memoria del ferrocarril. Desde entonces, preguntamos más, escuchamos mejor y regalamos a otros esos secretos que caben en un gesto y un mapa.





